miércoles, 12 de agosto de 2015

INVASORES



(Lynette Mabel Pérez y Antonino Geovanni)


"Todo ángel es terrible".

Rainer María Rilke

 ― Estoy colérica. La furia invade cada una de mis neuronas. Soy ira en estado puro. Maldito sueño. Una sarta de sandeces. Será pan comido. Ufffffff, casi puedo oírte decirlo. Lo mucho que disfrutaré pateando a esa idiota. No sabes cómo me gusta que me subestimen. Eso siempre juega a mi favor. La haré picadillo. Así es como me gustan las perras. ¿Acaso crees que estoy salivando por ti? Pues piénsalo otra vez. Aunque te imagines lo contrario, no soy tu maldita perra. El disgusto es mutuo. Maldito invasor de sueños. Sé bien porque estás aquí, como el demonio invasor que eres, decidiste entrar en mis sueños. Nada más fácil que matar ángeles. No puedes estar más equivocado. He oído hablar mucho de ti. Sé como empiezas el ataque. Me conozco todos tus trucos. Por esta vez no te saldrá todo según lo planeado. Yo tengo el elemento sorpresa a mi favor. Te he estudiado. Crees que sabes todo sobre los ángeles. Los demonios son tan soberbios. Eso los pierde. Los ángeles fingimos humildad. Nos hacemos los sumisos, pero yo también sé invadir cubiles, entrar sin permiso en los sueños de los otros. Los demonios nunca se lo esperan. Tengo la daga preparada. Sé que tú también. Eso no me sorprende. Los demonios siempre van armados. Lo inesperado es que yo la lleve. Adrameleh, ya va siendo la hora de que te des cuenta que yo también puedo ser terrible.

― Después de todo tú podrías ser terrible, ja, ja, no sé si reír o llorar, pues tu angelical maldad no logra ahuyentar mi sueño. Me llamas invasor, ¿Cómo puedo invadir lo que siempre ha sido mío? ¿De qué te sirven los rumores y leyendas que te han contado sobre mí? Tú no me conoces, pero yo sé bien quién eres, pues te conozco desde tus raíces hasta tus malditas ramificaciones. Por lo tanto, deberías saber que para mí no existe el elemento sorpresa, ven con tu daga o con tu espada, si quieres ven con el ejército de los cielos, pero nadie, ni siquiera la sombra del altísimo te protegerá de mi embestida. ¿Acaso piensas que soy el tonto de Abaddona y que me arrepiento de mis vilezas? Retrocede antes de que desgarre tus vestidos y te despoje de la ternura celeste de tu maldito nimbo. Ve y cobíjate bajo su sombra y quédate allí por siempre, pues de lo contrario te llevaré a conocer las penumbras de la mortalidad. Disfruta la gloria de ser inmortal y sigue entonando tus cantos al cielo, pues sé muy bien que no querrás conocer las sombras del viejo Agramón. Abandona tu batalla perdida o te arrancaré las alas y te convertiré en hija de hombre para que seas alimento de las pasiones de Araziel. Deja tu daga, tu espada y póstrate ante los pies de tu señor Adrameleh, pues yo te mostraré las bondades de los caídos y te sentarás a mi diestra como la gran señora. Los pueblos te adorarán, los caídos te harán reverencias y yo te llenaré de tanta gloria que no recordarás el maldito coro celeste. Abraza tu maldad y siente el calor de los infiernos que añoran la fuerza de tu espíritu. Te mostraré libertades que no conoces, destruiré las cadenas que te atan al suplicio de la servidumbre divina, serás servida en lugar de servir, serás venerada en lugar de venerar. Convertiré tus noches en días y tu espíritu brillará más que los siete soles. Ríndete y únete a mí o lucha y se destruida. Si decides luchar, tu existencia se convertirá en polvo y sólo serás la perra perdida del desierto.

― Claro que puedo ser terrible. Crees que puedes desmocharme impunemente la punta de las alas. Arrancar cada una de mis plumas. Tendrás que replanteártelo. La mortalidad ya la conozco y no me asusta. ¿Tuya? Las ganas que te invaden. Los demonios siempre quieren comer carne de ángel. Empero yo soy incorruptible. Me imagino que nunca has estado ante una de nosotras. Piensas que me conoces. Que puede seducirme el hambre secreta de Araziel. Dime ahora quién cree en rumores. Apenas has rozado la superficie. Yo soy una Abdals y ceder no entra dentro de mi vocabulario. Crees que soy, acaso, como Uriel. Pues estás muy equivocado. Vade retro, demonio. Escucha avanzar al coro de los dominios y tiembla. No alcanzarás a ver el vestíbulo de Adiel. En cambio te están deparados los dominios de Abbaton. La muerte no te será suficiente cuando te enfrentes a Agaf. Voy siempre un paso delante de ti. Así que teme, más que nada a mi daga. Es dura y afilada. Contiene la violencia latente de la bondad y contra eso no puedes hacer nada.

― Has dicho que no alcanzaré a ver el vestíbulo de Adiel, ¿Acaso se supone que tal hecho haga brotar lágrimas de mis ojos? ¿Quién te ha dicho que quería alcanzar el séptimo cielo? Te diré que ni siquiera el primer cielo me interesa, lo visto es lo visto, y lo vivido; lo vivido. ¿No sabes que puedo estremecer los malditos cimientos de tu cielo y cargar en mis bolsillos sus falsas calles de oro y embriagarme en sus mares de cristal? ¿Osas amenazar mi existencia con tu dura y afilada daga? Deberías saber que la fuerza para matar no yace en la daga, sino en el corazón del que la empuña. Según dices, no podré hacer nada en contra de la violencia latente de la bondad. ¿Acaso soy yo la presa que necesita de tu clemencia o soy el depredador dispuesto a desgarrar tu alma sin vacilación alguna? Sí, mía, si esa fuese mi voluntad. Me hablas de Abbaton, ¿Es que no has escuchado que sobre sus dominios derramé mis fluidos e hice de sus tierras un lugar lleno de infertilidad? Pobre chiquillo que le teme a su propia sombra y que su lecho humedece con el dolor que yo le he provocado. Tu inocencia ha malinterpretado mis intenciones, pues jamás podría desmochar la punta de tus alas, ya que lo que quiero es arrancarlas de raíz para que seas condenada a vagar errante sobre el suelo. Hoy camino junto a Azazel y sus doscientos ángeles caídos, sí, aquel al que el gran Yahvé temía y por quien hizo la expiación en el desierto. Depón tus armas y olvidaré tus faltas, entrégame tu devoción y te mostraré la tierra prometida. Yo soy el pueblo escogido y mi cuerpo tu promesa; quita tus vestiduras pues el lugar que pisas, santo es. Fui yo quien empeñó el arca del pacto por una copa de mosto. Te despojaré de tu blanca vestimenta y te haré renunciar a tu altivez. Ven, te mostraré los restos de los apóstoles muertos. Abandona tu cielo. Déjame profanar tu sepulcro en las cámaras de mi reino. Escucho el coro de tus ángeles y el clímax se apodera de mis sirvientes. Maldita ramera angelical, abre tu boca y traga mis pecados, en cambio te diré que no me gustan los ángeles crudos, pues los prefiero bien cocidos. Sedúceme con la violencia de tu bondad y muéstrame tus infiernos ocultos. Así sellaremos nuestra alianza. Amén.

― Mi espíritu atravesó en sueños los límites que separan tu infierno de mi cielo. Ahora estoy aquí. En lo profundo de tu cámara. Parada justo a tu lado. Sosteniendo con fuerza sobre tu cabeza mi daga. No debiste escoger nunca la ofensiva. No queda número alguno que contar. La cuenta atrás ha terminado. Ahora el cambio de táctica es obligado. La lucha cuerpo a cuerpo, inminente. Mi densidad aumenta por momentos. He dejado de ser ingrávida. Mis pasos resultan pesados. Parece que mi cuerpo no es del todo ajeno a las leyes humanas. Resulta difícil moverse en este mundo, aun así, con las alas plegadas para poder confundirme con el entorno. Estando tan cerca de ti puedo sentir el olor de tu alma penetrando por cada uno de mis poros. Una gota de sudor se desliza por mi rostro presa de las leyes naturales. Una lágrima se estremece entre mis ojos angelicales. Admiro tu divinidad. Todo demonio fue alguna vez un ángel. Apunto al centro de tu vida. Toda mi fuerza prisionera en la empuñadura de mi daga.

― Allí estaba yo. Totalmente despreocupado. Mi mente divagando sobre marejadas de sentimientos confusos. Entonces tú, como sigiloso depredador que se acerca a su presa; caminabas hacia mí dejando huellas silentes que se perdían en los tumultos de mis pensamientos. Empuñabas tu daga con tu mano derecha. Era tanto el silencio que casi se podía escuchar el latir de tu inmortalidad. Gotas de sudor cubrían la hermosura del rostro que se ocultaba tras tus negros cabellos. Tu blanca piel emitía destellos que iluminaban mis tinieblas. Estabas tan cerca, que podía sentir el aroma de tu alma. Una gota de tu espíritu surcaba tu frente y víctima de la gravedad caía lentamente hacia su inevitable destino. Al hacer contacto con el suelo se estremecieron los cimientos de mis infiernos. Giré mi cuerpo rápidamente. Pude ver mi reflejo en tu mirada. Dos destellos irreconciliables cubrían tus ojos, agua y fuego, cielo e infierno. Tu daga apuntaba a mi vida. Te abalanzaste sobre mí. No me quedó otra opción que empuñar mi espada de bronce, la cual no conoce ni respeta las leyes de la inmortalidad. Era tal la fuerza de tu embestida que utilicé el filo de mi espada para detenerte. Empero tu brutal acometida te lanzó sobre ella hiriéndote mortalmente. Tu mirada se perdía en senderos baldíos y tu fuerza empezó a desaparecer. Tu daga cayó al suelo. La sangre de tu herida se mezcló con tu sudor. Tus rodillas se doblaron ante mí. Al verte desfallecer sentí que mi fortaleza me abandonaba. Mis rodillas también cayeron. Sostuve tu cuerpo entre mis brazos. Quité el cabello humedecido que cubría tu rostro. Nuevamente me vi en la confusión de tus ojos. Entonces sentí que perdía lo único que le daba sentido a mi vida. Ofrecí mi vida por la tuya. Mas tu Dios no pareció escucharme. Cuán impotente me sentí. Yo, Adramelech, el gran presidente de legiones, no tenía el poder para salvar su propio corazón, el cual estaba oculto en el pecho de aquel hermoso ángel. Mi maldad y mi vileza desaparecieron. Sentí que de mis ojos brotaban mares. Me miraste fijamente. Tu boca dibujó una tenue sonrisa. Tus ojos se cerraron para siempre. Fue entonces cuando desperté entre el calor de mis infiernos empapado en sudor y en completa soledad.

― Ya te lo dije. Yo también sé invadir cubiles. Entrar sin permiso en los sueños de los otros. No hubiera querido tener que hacerlo, pero no existe otra forma de vulnerar corazones. No hay otra manera de acercar el cielo al infierno. Esta es la única forma que conozco de hacerte recordar. La inmortalidad debe ser muy triste para los que escogieron caer. Los piadosos tenemos nuestro cielo y no conocemos la densidad de los infiernos. Rara vez bajamos lo suficiente para verlo. Los ángeles casi siempre jugamos limpio, de vez en cuando hacemos uso de nuestros consabidos trucos, pero ustedes los demonios ya los conocen. No se supone que los tomen desprevenidos. Menos un demonio tan poderoso como tú. Esta es mi estrategia. Debo hacerte débil. Todos saben que este es mi modo de matar demonios, cómo podía yo saber que ya lo había hecho, cientos de años matando demonios, para encontrar ahora en uno de ellos un atisbo de bondad. Mala cosa esa. Siento que estoy jugando sucio. Parece que también los ángeles podemos sentir el fuego del infierno a flor de piel. Tal vez esto sea más que un sueño. Una premonición de futuro. Reconozco que por primera vez estoy en desventaja. Peor aún. Lucho a riesgo de perder mis alas y la vida con ellas. En todos los siglos que llevo como guerrera nunca había emprendido una batalla perdida. Los cielos me ayuden, porque no existe la retirada y la rendición no es una opción. Se trata del viejo código de matar o morir. Toda transformación es una inversión. Lo que es arriba, es abajo.
― He exigido tu entrega. Te he exigido deponer las armas. Postrarte ante mí. He querido corromper tu lealtad para que abandones tus cielos y cobijarte entre las sombras de mi reino. He querido destruirte. Despedazar tus alas. No por ti, sino por todo lo que representas, pero he comprendido que mi lucha no es contra ti, ni contra ello, sino contra mi propia divinidad. Ya se cumplen mil años. Puedo escuchar el crujir de las cadenas. El HERMOSO ha despertado. He sentido las garras de Agramón sobre mi pecho. No por temor a perder mi vida, sino por todo lo que me has hecho sentir, un sentimiento confuso y desconocido para mí. He sido un leal servidor de estas tinieblas durante siglos. He hecho mi reino de lo que era nada, pero estoy cansado de luchar. Mis heridas están abiertas y tu azufre ha penetrado mis poros hasta llevar mi alma al punto de ebullición. ¿De qué me vale luchar y ganar el universo si no puedo tenerte? ¿Qué he de ganar con ello? He visto luz donde antes hubo oscuridad. Aunque tu daga no ha herido mi cuerpo, tu voz ha penetrado en mi espíritu. Has estremecido mis cimientos con la belleza de tu piel. Tu hermosa silueta ha cautivado mis sentidos. Las columnas ya no pueden sostener mis dominios. Procuro escapar antes de que mi vida se convierta en ruinas. Toma mis armas. Depongo mi lucha. Me he vestido de blanco en señal de rendición. Toma mi vida, despedaza mis adentros, pero no me prives de tu aroma, ni de la frescura de tu aliento. Seré condenado a vagar en el limbo. No seré aceptado en los cielos. Tampoco en los infiernos. Empero habrá valido la pena el sacrificio. Tu voluntad ha vencido. Mi vida será tu presea, pero yo me quedaré con aquello que me has dado, de lo cual nadie podrá despojarme. Total rendición ante lo que no se puede vencer. Total sumisión a un poder superior al mío. Ya no quiero seguir engañándome. ¿De qué me vale reinar en las tinieblas si soy cautivo de la luz de tu existencia? El demonio más temido ha caído. El gran Adramelech ha sido derrotado en su propio juego. Ironía existencial. El invasor ha sido invadido. He sido vencido. No por hierro o por fuerza sino por un poder del cual jamás podré escapar porque lo llevo enterrado en mi pecho.

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